Friday, February 10, 2006

Neurología y literatura

Desde que en 1982 Oliver Sacks publicó El hombre que confundió a su mujer con un sombrero empezó a llamar la atención no sólo de la comunidad médica sino también de los amantes de la literatura narrativa.
Su buena prosa, su sentido del relato, su intuición verbal para crear personajes, han hecho de sus historias clínicas algo más que simples anécdotas de un médico que se pone a contar sus experiencias (como las consabidas historias de los médicos rurales). El hombre no sólo sabe escribir. También sabe escoger aquello que de más humano e individual hay en las enfermedades y en las alteraciones de la percepción. Trabaja, como los poetas, los novelistas y los dramaturgos, con los cinco sentidos de la percepción sensorial: el gusto, el tacto, el oído, la vista, el olfato. Es decir, desde el campo de la neurología el médico escritor nacido en Londres en 1933 (trabaja en un hospital de Nueva York, desde que se instaló allí en los años 60 luego de estudiar neurología en California) se mueve dentro de lo mismo que siempre ha llamado la atención de los escritores: la experiencia y la memoria, la percepción y la distorsión del tiempo y del espacio. Por eso de todas las parcelas de la ciencia la neurología es la que más se aproxima a la literatura. Porque ambas ——neurología y literatura—— tienen que ver con la percepción y sus problemas, sus matices y sus colores.
“Escritor de frontera” se le ha llamado porque su destacada labor en la neurología ha logrado plasmarse con originalidad y estilo en el campo literario. Así se vio desde su primer libro, Migraña, y en las historias clínicas recogidas en Despertares, El hombre que confundió a su mujer con un sombrero, Un antropólogo en Marte, Con una sola pierna, La isla de los acrómatas, en los que se muestra fiel a la idea clásica de que no hay enfermedades sino pacientes, no hay pacientes sino seres humanos individuales.
De Despertares, recuento de la enfermedad del sueño (pacientes que se quedaron dormidos durante veinte y treinta años hasta que se les despertó con una droga), se hizo aquella película del mismo título con Robert De Niro y Robin Williams. También inspiró una obra de teatro, Una especie de Alaska, de Harold Pinter, en la que una mujer despierta sin saber quién es: si la joven de catorce años que entró en el sueño o la mujer de cuarenta que despertó: un dilema apasionante sobre la identidad personal.
Lesiones y tumores cerebrales, problemas asociados a la memoria, comportamientos extraños como los del mal de Tourette, la ceguera de los colores, aparecen y reaparecen en sus “neurohistorias” con una amenidad disfrutable por cualquier lector no especializado. Migraña ha sido uno de los libros más ansiosamente buscados y leídos por quienes padecen de este malestar: un alivio, una esperanza, una enseñanza.
Se sabe que los descubrimientos de la neurología nunca habían sido tantos como los que se han hecho en los últimos veinte años. El cerebro sigue siendo terra incognita en muchos sentidos y de eso también se deduce la fascinación que provocan los estudios de Olivar Sacks, quien despacha en una sencilla oficina del Greenwich Village en Nueva York. Nunca deja de citar a su maestro ruso el neurólogo A. R. Luria, cuyos trabajos iniciaron al público lector en los misterios del cerebro humano, especialmente en lo que se refiere al enigma de la memoria.
La memoria inventa. No reproduce. La memoria interpreta. No es una disco, ni un archivo, ni una cinta grabada. Recordar es siempre reconstruir, no reproducir. “La memoria no es algo mecánico. ni se parece a una cámara fotográfica: toda percepción es una creación, toda memoria una recreación: el hecho de recordar no es sino relacionar, generalizar, recategorizar”, dice Sacks apoyándose en el neurocientífico alemán Gerald Edelman.
Como el de todos los grandes novelistas —y se inscribe en la línea de los grandes médicos escritores, como Chejov, Johnathan Miller, Lewis Thomas— su tema es el ser humano y la identidad personal, que también, y tanto, intrigaba a Luigi Pirandello.
En Un antropólogo en Marte se incluye “Vida de un cirujano”, el caso de un médico poseído por el mal de Tourette: tics compulsivos, mímica involuntaria, repetición de palabras y actos de los demás, pronunciación constante de maldiciones u obscenidades. Lo curioso de este padecimiento, descrito por el médico francés Gilles de La Tourette en 1885, es que el paciente, como el cirujano de Sacks, entra en una fase de gran serenidad en momentos de objetiva tensión, cuando se emplea a fondo en la sala de operaciones o cuando pilotea una avioneta.
En otro de sus casos, en el del señor Thomson, observa que para ser nosotros mismos tenemos que contarnos, relatarnos. Tenemos una historia biográfica, una narración interna, cuya continuidad es nuestra vida misma. Cada uno de nosotros edifica y vive una narración que lo constituye. Necesita esa narración interior, continua, para mantener su identidad: su yo.

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